Conocerla fue el final de mi paz. Y el miedo que tuve antes de verla fue la paz que anuncia la tormenta. Los segundos previos a la cita a ciegas, dentro del ascensor, recé por que físicamente no me gustara. Pero para mi desgracia al abrir la puerta el paisaje fue mucho más perfecto de lo que había podido imaginarme del otro lado de la computadora.
Conocerla sí, fue remover la tierra oscura de los dos años más tristes y felices de mi vida. La caminata hasta la universidad, los desafíos del camino, su risa, todo mejor de lo que lo había imaginado. En cuanto probé sus besos, y percibí la próxima adicción, me tembló el cuerpo con sólo pensar en repetir historias. "Si ésta vez no me jugaran tan mala pasada" fue en lo único que pensé toda la noche mientras la veía, y la siguiente, y las siguientes a esa.
Si te "enamoras" de una persona completamente por su esencia, y cuando por fin la ves cara a cara la química es impresionante, está bien sentir miedo. Miedo a querer, a querer en estas circunstancias. Y yo no quería querer más así, había prometido que después de la primera vez no iba a haber una segunda. Y acá estoy, queriéndola. Una promesa más que sale de mi boca directo al olvido.
Me dicen que es rápido para quererla, pero no la conocen. La quiero por que es excepcional, es genuina, y creo que en eso se basa la mayor parte de su encanto. Me acostumbré a salir con mujeres vacías que compartían mis gustos, mis ideologías, y que si así no era cómodamente se adaptaban y terminábamos ahogándonos en la simpleza de la aburrida monotonía. Pero ella es diferente. Decidida, sin vacilaciones: asiente o se niega; comparte o duramente crítica. No tiene miedo, y yo le temo (muchísimo).
Le temo a todo su ser; a su cuerpo que me ata, a sus ojos que me desafían, a sus manos que me tientan todo el tiempo, al perfume de su cuello, a sus besos adictivos, y a sus enojos que duelen. Le tengo miedo a su inmadurez y sobretodo a la mía. En cada pelea aprendí a callarme, y en cada pelea soy otra; dejo de ser quién siempre fui para ser quién siempre quise ser. Actúo para no lastimarla, para que no me lastime, para que una simple discusión tan insignificante no se convierta en algo sin marcha atrás.
Dice cosas que me hieren y las paso por alto, por que en la distancia no existe el cachetazo, el beso con lujuria y la pronta reconciliación. La distancia es compañera de los teléfonos apagados, de las noches de borrachera y sobretodo fiel amiga de la venganza. Por eso la cuido para cuidarme. No quiero perderla, y no sé perdonar, no todavía.
La noche que dormimos juntas la llevé a uno de los peores lugares de San Telmo por que otra no quedaba. Entre las luces de neón y la cara del recepcionista entré con un miedo en el pecho del que me hubiese gustado que ella jamás se enterará. Me porté como un caballero aunque le gusten las damas; y una vez en nuestra cama las cosas se pusieron tan difíciles como en algún momento previo a la situación ya lo había imaginado.. Todo, pero absolutamente todo, servía para distraerla: el frío, las sábanas, la música, el ambiente, el latir de mi pecho y hasta la ubicación del televisor.
Entonces, como si Norma Aleandro me hubiera heredado sus genes artísticos, me levanté de la cama, prendí un cigarrillo y me senté en el extremo más lejano a su presencia. Esquivé -con dolor- sus besos y sus caricias, hasta fui capaz de decirle que prefería irme y entonces por fin bajó los brazos dejando salir de su boca un "Hasta acá llegó mi orgullo". Al mismo tiempo que bajaba de la cama empezó a ponerse la ropa, mientras yo la miraba desde lejos con cara de indignada y un deseo que me prendía fuego por dentro. Quería que enserio se olvidara del lugar en el que estábamos y le diera más importancia a nuestra compañía mutua. Había soñado (literalmente) tantas veces esa noche que a mí realmente no me importaba que durmiéramos en una caja de zapatos.
Terminó de abrocharse la campera, esperé el momento justo (el momento que te enseñan las películas) y fue cuestión de caminar sobre la cama, acercarme hasta su boca, acorralarla contra la pared y comenzar a desvestirla para que la noche de una vez por todas empezara.
Ingenuamente pensé que al menos una de diez caricias no iban a gustarme, que sus gesticulaciones iban a bajar mi lívido; pensé que sería historia de una noche y jamás volver a vernos. Pensé que iba a poder dejarla ahí dormida con una nota en su mesa de luz. Pensé mal; como siempre. Desde su primer respiro en mi oreja, es mía. Desde que perdí la vista de sus manos, es mía. Desde que dormí con mi pecho contra su espalda y su mano sobre la mía, se convirtió en mi tesoro, en pertenencia. Y aunque esté lejos, aunque otras noches sea de todas, aunque la haya tenido a penas una noche conmigo. Es mía por que se convirtió en mis 24hs., en mi peor escena de celos, en mi inseguridad diaria, en mi sonrisa constante, en mi motivo.
Con un leve esfuerzo puedo imaginarla todas las noches en mi cama, todas las tardes en mi camino, cocinando en mi cocina, o comprando en el chino de abajo. Puedo escuchar su voz cuando la leo, y sentirla con apenas cerrar los ojos. Es mía por que ella me encontró y hace tiempo espero ELLA que me buscara.
Y aunque hoy durmamos de espaldas por su enojo, y aunque mañana tenga que remarla con muchas ganas; aunque no sepa pedir perdón ni quiera insistirle, es mía y no puedo dejarla.
Buenas noches mi amor,
hoy imagino tu 'hasta mañana'.
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